Sunday, November 23, 2014

Un idiota sin límites
Aura Cumes

Según las definiciones de la RAE, idiota es alguien corto de entendimiento, que carece de instrucción sobre algo y habla sin fundamento. Pero, lo más lamentable de un idiota es que no se da cuenta de su condición porque es engreído, jactancioso o petulante. Así que si alguien se gana este calificativo, no estamos ante un insulto, sino ante la descripción de su condición. Al individuo Martín Banús, autor de la columna “El indígena feo”[1], el calificativo de idiota, incluso le queda corto, pero me parece que lo refleja en gran medida. Su patético escrito llegó a mi correo electrónico el mismo día en que salió, sin embargo no le puse la menor importancia. A pesar de la indignación de muchas personas yo estaba del lado de quienes piensan que no tiene sentido desperdiciar nuestro preciado tiempo en darle vueltas a ese tipo de pensamientos basura. Esta valoración no es exagerada, pues la columna en mención, no tiene la más mínima seriedad, menos invita al debate. Su autor vomita sus más sórdidas injurias contra la gente indígena, creyendo que está pensando en “novedades” que “nadie se atreve a decir”. Es hasta risible su perversa estupidez. Cualquier análisis, básico pero serio, vota de un chasquido sus ridículas extravagancias. Y no se necesita saber leer para ser cuerdo e inteligente.

El tétrico personaje en mención, además de inculto, no tiene límites, pero ¡vaya paradoja!, ¡es un columnista de prensa! que desnuda su pobreza humana e intelectual con total irresponsabilidad. Así se desperdicia en este país la libertad de expresión. Si su escrito sirve de algo, es para dos cosas. En primer lugar ilustra con elocuencia el desmedido poder que siguen ostentando las castas que nos ha gobernado por siglos y que se siguen atribuyendo autoridad moral sobre los indígenas, para esconder los beneficios de su más viejo racismo. Es que es impresionante escuchar la voz de una momia racista del siglo XVI en el siglo XXI. Las castas que este sujeto Banús representa, no entienden nada del entorno en que viven. No hay peor lastre para una sociedad que tener como gobernantes y como “pensantes” a este tipo de castas incapaces de ver la historia, la realidad compleja y de salirse de sí mismos; se creen modernos y progresistas, pero están encerrados en sus propias celdas, en su mundillo parasitario, pues viven a costa del trabajo de mujeres, hombres, niñas y niños mayas y ladinos pobres.

La segunda cosa para la que el artículo de Banús sirve es para dejar constancia de la vigencia de las ideas que alentaron el genocidio contra los Pueblos Mayas. Sus palabras llenas de desprecio y hostilidad, bien pueden tomarse como una incitación para justificar delitos de lesa humanidad contra los Pueblos Mayas. Frente a esto, es difícil entender qué motiva a ciertos mayas (como a otros ladinos de izquierda) a besar las botas de los generales, salir en su defensa, integrar sus partidos o formar parte de sus gobiernos. Pero los demás partidos no están libres. Infelizmente las ideas siniestras sobre los Pueblos Indígenas, están vigentes en la mayoría de partidos políticos. Y más que eso, el mal Banús, impregna cualquier espacio de la sociedad guatemalteca. Solo desde el sistema colonial y desde el racismo ha sido posible designar a estos espeluznantes personajes como “agentes del progreso”. Sabiendo esto, hay que estar alertas y tener dignidad para evitar convertirnos en engranajes para llevar adelante sus perversas maquinaciones.

Finalmente, la razón por la que decidí escribir, no es para debatir con este hombre, sino sencillamente para manifestar mi repudio y mi hartazgo por el desmedido poder que ostentan individuos miserables como Banús, cosa solo posible en este país fundado en la injusticia, la impunidad y la traición.  





[1] http://lahora.gt/el-indigena-feo/

Monday, November 17, 2014

LOS IMAGINARIOS DE LAS ELITES CRIOLLAS Y LADINAS Y LA IMPOSIBILIDAD DE TRANSFORMAR GUATEMALA

Edgar Esquit
Comunidad de Estudios Mayas

El liderazgo moral, político y cultural que se arrogan las élites criollas y ladinas guatemaltecas se basa en argumentos como los que muestran Martín Banús o Ricardo Méndez Ruiz. Cómo se nota rápidamente este es un cúmulo de ideas endebles, enfermizas  y sin ningún sentido analítico. Dicho pensamiento cambia solamente para adherirse a los nuevos conceptos que usa Estados Unidos o el resto de Occidente para nombrar al otro, en su intento por construirlo y colocarlo en un lugar controlable, reprimible o en donde pueda ser intervenido.

La vida y las acciones políticas de los mayas en este caso son consideradas como amenaza a la civilización y al Estado, considerados como los centros de la vida y la política. Todo el trabajo que hace Banús en su artículo del 11 de noviembre en el diario la Hora, inicia con una defensa abierta al Estado pero rápidamente intenta construir al indígena imponiéndole una cultura que se centra esencialmente en lo que él nombra como su tradición reproductiva.  Luego caracteriza dicha cultura como una forma irresponsable, ignorante o animal de estar en el mundo e intenta decirnos cómo sería nuestro futuro si viviéramos según lo que él considera admirable e inteligente. El resto de argumentos sobre la pereza, la destrucción de la naturaleza, la mendicidad o el ser manipulable solo intentan dar forma a esas imágenes que se buscan reestablecer en el siglo XXI.  

Este pensamiento está estrechamente vinculado a otros como él de Méndez Ruiz, que en su artículo del 9 de noviembre de 2012 en ElPeriódico, afirmaba que la anarquía se estaba apoderando de muchas comunidades en el país y que dicho desorden era comparable a una bestia desatada. Esta metáfora y los conceptos que usa para construirla aluden a un ser monstruoso y desgarrador que amenaza de la misma forma a la civilización y al Estado. La bestia, según esta imaginación, es un ser detestable que destroza todo lo que está a su paso desde la frontera en Barillas, es una fuerza que hunde sus colmillos en Totonicapán y amenaza en el Polochic o en las fincas de palma africana en Izabal. Al ser llevado al ámbito político, el monstruo del cuento se transforma en el fantasma del terrorismo que infiltra la vida de los mayas y demás indígenas. Entonces se afirma que el terrorismo es un mal que se apodera de la gente de Totonicapán o se transmuta en lo que el escritor dibuja como los ladrones de energía que campean en la región.

Todas estas construcciones discursivas se establecen como el deseo profundo de las elites por controlar la vida de los mayas y de muchos otros grupos. Este mismo deseo y trabajo se tornan en los límites o en la imposibilidad de construir a Guatemala como un ámbito político comprometido con la historia y la vida todas y todos. En su lugar, este pensamiento sigue inculcando que las vidas, que según ellos están organizadas por la barbarie y el terrorismo, deben ser limitadas, corregidas y castigadas.  

Saturday, May 3, 2014

Cultura de servidumbre y trabajo en casa particular: A propósito del día internacional del trabajo* (1)

Aura Cumes
Comunidad de Estudios Mayas

A principios de 1940, con 16 años, Jova Cardona deja a su abuela doña Juana y a su pueblo San Antonio Sacatepéquez San Marcos y llega a la capital para trabajar como sirvienta2. Atrás queda también su madrina Elvira, una mujer ladina de su pueblo quién intervino para que su abuela la retirara de la escuela, frustrando así sus sueños de ser una gran maestra como vieron en ella sus profesoras. En la capital Jova es testiga de la construcción del Palacio Nacional. Gobierna Jorge Ubico. Llega en una época de agitación política y de cambios. Maestras, maestros, estudiantes, escritores e intelectuales se oponen a la dictadura de Ubico y logran derribarla a pesar de la represión en su contra. Obreros, campesinos y sindicalistas junto a los primeros, también promueven cambios para establecer una vida democrática, y el paso de la servidumbre, del trabajo forzado, a las relaciones salariales sobre la base de derechos. Las mujeres participan con gran fuerza en estos movimientos, pero también en otras agrupaciones que luchan por el voto y la ciudadanía para las mujeres (Monzón, 2011). Las mujeres de clases medias ocupan otros espacios laborales como maestras y oficinistas, y muchas otras como obreras. Ingresan a un mercado laboral más amplio. Además, hay amas de casa, asalariadas o no, que se van emancipando del trabajo doméstico sin amenazar los privilegios de sus compañeros hombres. Paralelamente, de los departamentos, municipios, aldeas y de la misma ciudad capital, otras mujeres son requeridas para el trabajo doméstico. Son ellas quienes van a cumplir la función de garantizar la vida familiar ajena y a la vez contribuir a sostener la emancipación de otras mujeres.

Antes de su vida en la capital, Jova ya había experimentado que la servidumbre y el trabajo forzado, contra lo que luchaban los revolucionarios y revolucionarias, existía, no solo en las fincas y en las fábricas, sino en las mismas casas, ese espacio privado y protegido. Así, su historia empieza donde termina la de otros. Allá en San Antonio Sacatepéquez San Marcos, Elvira ofreció a la abuela de Jovita, criarla como a su hija, sin embargo la convirtió en una esclava doméstica y en un animal de carga. Elvira quiso comprar a Jovita pero sus tíos dijeron que no era un animal para venderla. Aun así la dejaron en esa casa, confiando en la “bondad” de su madrina, con quien estuvo desde los ocho años. Lo más duro para Jovita, eran las cargas de comida que llevaba sobre su cabeza para los trabajadores de los terrenos de Elvira y su esposo. En épocas de siembra, junto a otra niña que también servía en esa casa, debían llevar una red de abono y estaban obligadas a regresar con una carga de leña sobre sus cabezas. Doña Jovita piensa que por esas cargas, que superaban sus fuerzas, junto al hambre que aguantó en esa casa, quedó pequeña de estatura. Al salirse de esa casa, después de casi siete años, Elvira no le pagó ni un centavo y le quito la poca ropa que le había regalado. La prosperidad de la casa de Elvira y de su esposo, la educación de sus hijos e hijas se produce expropiando la vida de otras mujeres como Jovita y de hombres como los trabajadores del campo, que aquí no analizaré. Pero así eran las cosas en ese tiempo en el Pueblo, dice doña Jovita, no había otra forma de vivir principalmente para alguien huérfana como ella. Un día, uno de sus tíos sugirió a Jovita escribir una carta a su prima Victoria, quien ya trabajaba en la capital, para que le consiguieran trabajo. Victoria respondió diciendo que sí había trabajo para Jova, pero en una casa distinta, donde trabajaba otra familiar. En la casa donde Victoria laboraba ya estaban completas, había tres muchachas naturales y una de vestido que era la cocinera. Así, Jovita llega a la casa de doña Julia quien era profesora, directora de un colegio y don Víctor Morales que trabajaba en una compañía relacionada con la línea del tren.

Doña Jovita, ahora de 90 años, no dejaba de derramar lágrimas al relatarme su historia con Elvira, sufrí, sufrí demasiado con esa mujer, dice. Pero sus lágrimas se detienen para contarme lo que sigue; con mucha atención escucho la siguiente historia que transcurre en la capital. Dice, cuando estuve en Guatemala, allí ya no fue mucho el sufrimiento, allí me levantaba a las tres o dos de la mañana. Estupefacta por lo que acabo de escuchar, le interrumpo y pregunto “¿Tres o dos de la mañana? y ¿eso no le causaba sufrimiento?” Me dice, tal vez que sí usted. No, pero fíjese, nos levantamos a esa hora a bañarnos y dejar lavada nuestra ropa… La señora decía “yo no quiero que dejen la ropa allí amontonada…terminando de bañar a lavar la ropa”, decía… Y lo hacía la señora usted, lo iba a revisar “¿se bañaron hoy?” decía, “si nos bañamos doña Julia”, “a bueno”… “así, así me gusta, me gusta que son obedientes”, “ah, sí, si señora”… Allí ya no sufrí tanto. Yo el sufrimiento que tuve fue antes de irme a Guatemala… Sigo asombrada por lo que escucho y le reitero mi pregunta sobre el porqué de esta gran diferencia entre la experiencia con Elvira y la de la capital. Le digo “¿Pero cuando usted dice que ya no sufría mucho, era porque...?”, me interrumpe abruptamente y dice: porque ya no cargué, solo lavé y planché. Sin embargo, en su narración se observa que hizo mucho más que eso. Pero seguramente el sufrimiento que vivió con Elvira, que también estuvo acompañado de maltrato físico y psicológico es mucho más profundo de lo que puede expresar con palabras y lágrimas. Recuerdo cuando se le hacía difícil encontrar las palabras apropiadas para codificar sus memorias en aquella época con su madrina. En la capital es su tercera experiencia en casa ajena. Estuvo un tiempo corto con una familia de chinos en el municipio de Tajumulco, San Marcos, y recuerda haber tenido un buen trato.

En casa de la familia Morales3, en 1940, Jovita empezó ganando Q.2.00 y luego 2.50 al mes, cuando el sueldo promedio de un maestro era de Q.33.00 al mes, y considerado un salario miserable.4  Suponiendo que éste era el salario de la profesora, el de Jovita representaba el 6%, sin tener en cuenta los ingresos del señor que seguramente duplicaban a los de su esposa. En la casa también trabajaba María, quien era la cocinera. Las abuelas de María y Jova, eran primas. Con lujo de detalles doña Jovita relata las jornadas de trabajo en esta casa en que vivían, el señor y la señora, sus hijos Julio Roberto, Aura Marina y Marta Victoria. Allí también residía Marta, hermana de doña Julia a quien igualmente había que atender en todo. De lunes a viernes lavaba ropa… Me levantaba temprano, a las tres de la mañana allí lavando… Lunes a enjabonar todas las sabanas, colchas, sobrefundas, almohadones, ¡hay, un montón!… Los dejaba en jabón toda la mañana. Al medio día, les quitaba ese jabón, lo dejaba con otro jabón, y después de almuerzo a sacarlo. Este fatigoso ritual permitía que la ropa quedara impecable, sin manchas ni olor ni siquiera a jabón, porque la señora olía la ropa y mandaba a repetir el procedimiento si no le satisfacía. El lavado siempre iba acompañado del planchado. Lunes lavaba, lo que se secaba en la tarde a planchar. El martes a lavar en la mañana, lo que se secaba a planchar otra vez. Así me pasaba hasta el día viernes. Sábado ya no lavaba… me mandaba la señora a hacer las compras de toda la semana… Jova apreció que la señora siempre le diera dinero extra para pagarle a una muchacha o a un carretero para llevar las compras a la casa cuando éstas eran muchas. Esto era bastante, según ella, considerando su experiencia anterior con Elvira. “¿Los domingos finalmente descansaba?” le pregunté. Me dijo, a mí no me gustaba pasear… Todos los domingos me mandaban con los tres niños, “apuráte y llevás a los niños a divertirse un poco allí con los que están jugando [futbol] decía la señora”. Se levantaba, hacía la limpieza, vestía a las niñas y al niño y los llevaba a pasear varias horas de la mañana. Marta la hermana de la señora también la invitaba a ir a misa algunos domingos por la tarde, pero Jovita se iba preocupada porque había que recibir el pan y la leche.

Por las noches María y Jovita dormían a las 11.00 porque debían preparar todo lo necesario para empezar el siguiente día sin contratiempos. Debía estar lista la vajilla en la mesa, ubicado el café para hacer esencia fresca, seleccionados los alimentos para el desayuno y elegida la ropa de los niños. Ella [doña Julia] lo que hacía era, levantarse y al baño… a bañarse, a arreglarse bien “¿Ya pasaste los frijoles?” me decía.  “¿Ya está todo en la mesa?” “¿Ya está el agua caliente?” para la esencia del café… Además, Jovita debía vestir a los niños y llevar al mayor al colegio. A la hora del almuerzo llegaba la profesora, comía y supervisaba el trabajo de la mañana y volvía a su trabajo. A las 5:00 de la tarde regresaba, supervisaba el trabajo de la tarde, la cena y se aseguraba de los pormenores para preparar el siguiente día. El esposo de la profesora está ausente de los relatos de doña Jovita, por lo visto, no mantenía contacto con ella. Solo aparece cuando doña Jovita habla del esmero con que le preparaba la ropa limpia y fresca que él disfrutaba. Le lavaba y planchaba con mucho cuidado los trajes; incluso los sacos que necesitaban de un cuidado especial. Le enyuquillaba las camisas. El principal beneficiario de este duro y tedioso trabajo es invisible.

Doña Jova, es de las personas que piensan que todo trabajo debe hacerse bien y con mucha responsabilidad. Al principio se me hizo difícil comprender como puede alguien esmerarse tanto, recibiendo un miserable pago, trabajando sin horarios ni descansos, sin derecho a una vida propia. Me dejaron pensando las palabras de doña Jovita cuando decía, que al poco tiempo de haber llegado, aprendió con responsabilidad sus obligaciones y eso le agradaba a la señora. Jovita se sentía muy satisfecha cuando la señora estaba contenta con su comportamiento y trabajo. Fácilmente podríamos concluir que Jovita tuvo una actitud sumisa y servil, pero si escuchamos detenidamente sus razones, llegamos a comprender que con su carácter responsable, confiable y digno, le imprime una ética a su trabajo. Sin proponérselo quizás, como muchas otras, quiebran dentro de las casas el prejuicio racista sobre la supuesta pereza e inutilidad de los indígenas que justifica su lugar social como sirvientes y sirvientas5. En aquellos tiempos también, era costumbre que si el trabajo no agradaba a la patrona o al patrón, éstos estaban revestidos de toda autoridad para castigar, pues no había regulación que lo impidiera. Los patronos reinaban en sus casas. Por eso, trabajadoras como doña Jovita, evitaba recibir maltratos haciendo un buen trabajo.  

La bondad que Jova miraba en doña Julia y su esposo, no era suficiente para que sus condiciones como sirvienta, fueran muy diferentes a las de la mayoría de mujeres que trabajan en las casas. La higienización diaria que empezaba en la madrugada se debía a la repulsión que se siente por la “suciedad” de los sirvientes, más aún si son indígenas. En la casa, Jova y María vivían segregadas, usaban jabones exclusivos para ellas, colgaban su ropa en un lugar diferente, comían en la cocina en la mesa en que se hacían los picados y dormían en la terraza. ¿Cómo retribuían doña Julia y don Víctor la inmensa responsabilidad con que Jova y seguramente también María, realizaban su trabajo? Había claramente un intercambio desigual que solo puede entenderse si se problematiza el orden colonial que para funcionar fabricó “razas de sirvientes” y “razas de patrones”. El modo de dominación colonial precisó de organizar y acomodar los cuerpos utilizando criterios de sexo, raza y posición social, para asignarles funciones de privilegios o de servidumbre. De esta manera, los empleadores de Jova y María, vivían acostumbrados a ser servidos, sin que la vida de quienes les servían fuera una preocupación para ellos. La primera vez que Jova fue a ver a su abuela fue a los ocho meses. Le dieron dos días de permiso incluyendo el viaje a San Antonio Sacatepéquez, San Marcos. No estuvo ni un día con su abuela. Hizo otra visita cuando cumplió 18 años y debía tramitar su cédula de vecindad. Vio a sus compañeras de escuela trabajando como maestras y lloró al recordar que ella no pudo serlo. Así, sus visitas se fueron distanciando. Un día, María, la cocinera fue despedida, más tarde Jova se enteró que su retiro se debió a que estaba embarazada. La profesora hizo lo mismo que Ubico en aquellos tiempos quien despedía a maestras embarazadas. Jovita asumió como cocinera y contrataron a Teresa, otra joven indígena para lavar y planchar.

El último año en que Jovita estuvo en casa de la familia Morales, también le confían las llaves y llega a ganar Q.7.00 al mes. Es 1946 y tiene 22 años. Su trabajo otorga gran comodidad a la familia Morales, porque aparte de cocinar administra la casa con conocimiento, responsabilidad y a tiempo completo. A pesar de escuchar con agrado que era como de la familia, soñaba con formar una familia que fuera realmente suya. En ese mismo año, conoce a un joven k’iche’ llamado Pablo Tzul, comerciante de telas y artesano a quien acepta unirse y juntos viajan a Chi Chaclán, Totonicapán de donde él era originario. Doña Jovita forma una familia junto a don Pablo Tzul, con quien vive por veinticuatro años. Desafortunadamente su esposo junto a una hija de ambos mueren en un accidente de tránsito. Ella continúa con los negocios familiares junto a su hija Rosa y sus hijos Gerardo y Pablo. No volvió más al trabajo en casa ajena.

La historia de doña Jovita muestra algunos rasgos de la lógica con que ha funcionado la economía política colonial en este país. A pesar de la ética con que asumió Jovita un trabajo que impacto directamente en la reproducción de la vida material de seis personas, los pagos que recibió por eso, apenas y cubrieron su subsistencia. Para Silvia Federici (2013) el trabajo doméstico es devaluado y tenido como “no productivo”, porque se asume que no genera capital, cuando es el trabajo que sustenta todas las otras formas de trabajo. Tiene un carácter doble: reproduce la vida, la posibilidad de vivir, la persona y al mismo tiempo, reproduce la fuerza de trabajo. Esto ocurre en un sistema que no reconoce “la reproducción” como generador de productividad porque el ocultarlo le permite seguir protegiendo su principal fuente de riqueza. Por eso, la expropiación que sufren las trabajadoras en las casas patronales, no responde solo a un comportamiento colonial atávico de los empleadores, sino más que nada, revela las formas en que se reproducen dentro de las casas, las condiciones estructurales que han hecho posible la sociedad colonial en que vivimos. El trabajo de reproducción de la vida que han hecho tantas mujeres y trabajadoras de casa particular, ha posibilitado la acumulación y la prosperidad de los patrones, a costa de su propia desacumulación. Por esto me distancio de las nociones de “exclusión”, “discriminación”, “marginación” usadas frecuentemente para explicar la realidad de las trabajadoras de casa particular especialmente indígenas, porque estos conceptos no logran dar cuenta del proceso sistemático de expropiación6. Antes que discriminación hubo despojo. Muchas mujeres indígenas fueron convertidas en sirvientas a fuerza de mecanismos de despojo y disciplinamiento bajo una lógica patriarcal de dominación colonial. Fueron expropiadas para luego hacerlas dependientes del sistema que las expropió, que además buscó imponerles no solo una condición sino una identidad de sirvientas y no de ciudadanas. Baste recordar el imaginario social metropolitano mediante el cual se ve a cualquier mujer indígena como sirvienta.   

Teniendo un contexto como el dibujado escuetamente arriba, el 1 de mayo de 1947, durante el gobierno de Juan José Arévalo y un año después de que Jovita deja el trabajo de casa particular, entra en vigencia el Código de Trabajo, Decreto Ley 330, donde queda plasmado el Régimen Especial del Trabajo Doméstico en Guatemala (Velásquez, 2010). Es un gran logro que se haya reconocido este quehacer como trabajo. Lo verdaderamente asombroso, es cómo lejos desechar la servidumbre de este oficio, en gran medida el Código la convierte en ley. Pasado el tiempo, diversos campos laborales han sido modificados con excepción al referido al trabajo de casa particular a pesar de las múltiples propuestas de reforma (Velásquez, 2010). El actual Código de Trabajo reformado, Decreto Ley 1441 vigente desde 1961, en el Capítulo Cuatro, regula lo concerniente al Trabajo Doméstico. Establece que las trabajadoras domésticas deberán gozar de mínimo seis horas de descanso los días domingos. En la época en que Jovita trabajaba en la capital, había empleadores que concedían formalmente medio día de descanso los domingos. Además, según recuerda doña Jovita, nunca descansaron para Navidad, Año Nuevo, Semana Santa, feria patronal; al contrario era cuando más las necesitaban. El Código dice al respecto, “El trabajo doméstico, no está sujeto a horario, ni a las limitaciones de la jornada de trabajo, y tampoco le son aplicables los artículos 126 y 127” en que se contempla que todo trabajador tiene derecho a un día de descanso después de una semana laboral de cinco o seis días, y los asuetos con goce de salarios. Y así pueden ponerse otros ejemplos de cómo el Código legaliza e institucionaliza una costumbre o una cultura de servidumbre alrededor del trabajo doméstico. Actualmente las organizaciones de trabajadoras de casa particular, están promoviendo que Guatemala ratifique el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), pero no han encontrado el respaldo de todos los sectores implicados para lograr la ratificación. En una actividad de análisis de este Convenio, un representante del sector privado, trataba de persuadir al público que no es con leyes que “el trato” a las trabajadoras de casa va a cambiar, sino mediante la “consciencia”. Sin embargo, es este sector el que invoca las leyes y el estado de derecho cuando se trata de proteger sus intereses.

El sector patronal privado y gubernamental guatemalteco, ha tenido comportamientos similares al de los blancos que en otros contextos se negaban a abolir la esclavitud, porque ostentan privilegios similares que aquellos. Así, han demostrado su carácter retrógrado. Pero, por desgracia, la cultura de servidumbre, de racionalidad criolla, no radica solamente en aquellos lugares, sino es un sistema que se reproduce cómodamente en cada uno de nuestros hogares. Siendo así, el salario, los horarios, los descansos no están fuera de la cultura de servidumbre, estos se presentan como tal porque esa cultura permea todo la vida cotidiana, el trato, la ley, el pago, la organización de la casa. La ley no cambia porque está acorde a la cultura de servidumbre que permite a algunos despreciar el trabajo de casa particular y a quienes lo realizan porque su condición social, racial y de género les ha permitido gozar de este privilegio. Muchas mujeres que se consideran modernas, se han emancipado del mundo doméstico, no a partir de modificar los patrones patriarcales dentro de sus hogares, sino a costa de trasladar a otras mujeres este ámbito junto con su propia desvalorización. Los bajos salarios pagados a las trabajadoras de casa, muestran también en cuánto las empleadoras valoran el trabajo que les correspondería realizar en este contexto patriarcal, si no estuvieran las mujeres que las suplen.

Por lo anterior y compartiendo el concepto acuñado por Ray y Qayum (2009) propongo que en Guatemala, el trabajo doméstico, antes que una ocupación laboral es una institución de servidumbre, pues se configura a partir de un orden racial, sexual y social en que la vida de las mujeres y de los indígenas, no en tanto pobres, sino en tanto indígenas, tendrá un lugar y una función como siervos de los colonizadores, sus descendientes y de quienes serán producidos como no indígenas. Esta institución de servidumbre no se gestó exclusivamente para controlar el trabajo indígena, sino su vida misma. Es decir, no es una estructura exclusivamente económica. Las condiciones que experimentan las mujeres ladinas y mestizas, que también son trabajadoras de casa particular caen también en esta lógica. De esta manera la estructura colonial no solo afecta a las trabajadoras indígenas sino a todas. Ángela Davis mostró hace ya mucho tiempo, para el caso de Estados Unidos que los salarios recibidos por las mujeres blancas en el servicio doméstico en gran medida se determinó en función del criterio racista que sirvió para calcular los salarios de las sirvientas negras (2005: 100). En la investigación que realizo he encontrado algo similar. Si bien, las trabajadoras de casa particular ladinas y mestizas tienen algunas condiciones para negociar mejores salarios, mejores posiciones y mejores tratos, estos no son radicalmente distintos que los que obtienen las trabajadoras indígenas, porque están fijados de acuerdo con una institución y cultura de servidumbre que no es un derivado de las relaciones de clase o de género solamente, sino es una servidumbre específica, relacionada a una dominación colonial en donde la raza, el sexo y la clase se articulan densamente para darle forma y sentido.

Por lo anterior, así como Guatemala ha sido explicada como un país-estado-finca (Castellanos, 1985, Tischler, 2009) también tiene sentido si le observa como una gran casa patronal, cuya estructura de patrones, intermediarios y sirvientes se repite en los espacios micro-sociales de los hogares. Es decir, la organización de las casas no sólo refleja sino soporta las estructuras de esta sociedad. Sin embargo, si la casa es un espacio de dominación privada, también es un lugar donde esta dominación puede desafiarse y desestabilizarse. Para ello quizá, se necesite revolucionar la intimidad de nuestras propias casas, sacudiendo la cultura de servidumbre que por muchos siglos ha venido justificando los violentos mecanismos expropiatorios. Es decir, las luchas por estas trasformaciones no corresponden solamente a las trabajadoras de casa particular, sino a cualquier persona u organización inconforme con las estructuras que hemos heredado y que como empleadores, muchos disfrutamos.   

En tanto que el trabajo doméstico en Guatemala antes que una ocupación laboral responde a una institución de servidumbre y a una historia de expropiación, más que solo proponer mejoras en las condiciones en que se ejerce, es fundamental revisar y detener las condiciones que lo producen masivamente. Modificar la ley es vital, pues el orden jurídico actual muestra el rol del derecho en el mantenimiento de la servidumbre. Por eso, aunque suene utópico, la legislación sobre el trabajo doméstico debe sufrir un cambio radical, no parcial. Cuando contratar a una trabajadora de casa particular no esté ya a nuestro alcance, porque no haya quien tenga la necesidad de hacerlo o bien porque su pago y condiciones se han elevado justamente esto producirá tensiones en nuestros hogares que ojala nos lleve a erradicar el patriarcado y la cultura de servidumbre colonial a que estamos acostumbrados. Existen propuestas como las planteadas por Pierrette Hondagneu-Sotelo (2011: 13) para quien abolir el trabajo doméstico, en el sentido que cada individuo se ocupe de sí mismo, no importando su género, condición social o racial, suena justo, pero es utópico; no factible. Para esta autora acabar con el empleo doméstico no es una solución, sino mejorarlo y reclamar la dignidad de las patronas y las empleadas (Ibíd.) Otras analistas del tema, como Hildete Pereira de Melo (1993: 231) opinó hace más de dos décadas, que al darle la responsabilidad del trabajo doméstico a las trabajadoras de casa, las mujeres evitan el enfrentamiento con sus compañeros hombres sobre esas tareas que forman parte de la vida, pero el individuo que cuida de sí mismo, que se alimenta, lava su ropa y limpia lo que ensucia, está más cerca de su realidad y por lo tanto será confrontado por esta.  

Guatemala, 1 de mayo del 2014

Notas

* Agradezco a Gladys Tzul, Edgar Esquit y Emilio del Valle Escalante, los valiosos comentarios a la primera versión de este escrito. También agradezco a doña Jovita, a Gladys, a doña Rosita y en general a la familia Tzul, Tzul, por la confianza al permitirme acercarme a una parte de su historia.

1. Tomo este concepto de Raka Ray y Seemin Qayum (2009).

2. Doña Jova Cardona utiliza la palabra sirvienta, razón por la cual la coloco en cursiva. Las trabajadoras de casa particular organizadas cuestionan este término y utilizan el de Trabajadoras de Casa Particular. Yo uso el término sirvienta cuando quiero enfatizar la fuerza opresiva y degradante que encierra el término.

3. Doña Jova Cardona no recordó el apellido de la profesora.

4. “Los sueldos del maestro de educación primaria fueron aumentados de Q.33.00 fijos que devengaban con anterioridad a la Revolución, a Q.75.00 básicos, pudiendo llegar a los Q.150.00 mediante aumentos periódicos de acuerdo con la ley escalafonaria” (Gonzáles, 1970: 372).

5. Hablo de sirvientes y no solo de sirvientas, pues a la par de las mujeres indígenas los hombres fueron producidos y tratados como sirvientes. En los mismos años en que Jovita estuvo en la capital, mi abuelo Buena Ventura Simón junto a otros familiares varones, hacían y entregaban carbón y comestibles en las casas capitalinas. En sus relatos sobre los tratos que recibía se puede percibir, que eran vistos y tratados como sirvientes como era costumbre tratar a las mujeres y hombres indígenas.


Bibliografía
Castellanos Cambranes, Julio (1985). Café y campesinos en Guatemala, 1853-1897. Editorial Universitaria de Guatemala, Guatemala.

Davis, Angela (2005) Mujeres, raza y clase. Segunda Edición en español. Akal Ediciones. Madrid.

Federici, Silvia (2013) Calibán y la Bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Pez en el árbol / Tinta Limón, Editores, México.

Gonzáles Orellana, Carlos (1970) Historia de la Educación en Guatemala. Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala.

Hondagneu-Sotelo Pierrette (2011) Doméstica. Trabajadoras Inmigrantes a cargo de la limpieza y el cuidado a la sombra de la abundancia. Miguel Ángel Porrúa, México.

Monzón, Ana Silvia (2011) “Participación Social y Política”. En Nosotras las de la Historia. Mujeres en Guatemala (siglos XIX-XXI). La Cuerda, SEPREM, Guatemala.

Pereira de Melo, Hildete (1993) “Feministas y empleadas domésticas en Rio de Janeiro”. En Chaney M. Elsa, Mary García Castro, editoras. Muchacha/ cachifa/ criada/ empleada/ empregadinha/ sirvienta/ y… más nada. Trabajadoras domésticas en América Latina y el Caribe. Versión en castellano: Consuelo Guayana. Editorial Nueva Sociedad, Caracas.

Ray, Raka and Seemin Qayum (2009) Cultures of Servitude. Modernity, Domesticity and Class in India. Stanford University Press, California.

Tischler Visquerra, Sergio (2009) Guatemala 1944: crisis y revolución. Ocaso y quiebre de una forma estatal. Segunda edición. F&G Editores. Guatemala.

Velásquez, Maritza (2010) Situación de las trabajadoras del hogar desde la investigación de ATRAHDOM. ATRAHDOM, Guatemala.
http://atrahdom.files.wordpress.com/2011/02/situacion-de-las-trabajadoras-del-hogar-20101.pdf. Última Visita, 25 de abril 2014. 

Monday, March 3, 2014

Sistemas de Gobierno Comunal en Totonicapán: La organización de la reproducción de la vida*

Gladys Tzul Tzul
Comunidad de Estudios Mayas

1. El Punto de partida
Mi reflexión se inscribe en un universo concreto: Totonicapán y sus sistemas de gobierno comunal, sus tierras comunales (1) y  las disputas en torno a su uso y posesión, luchas que se despliegan en un tiempo largo.  Un tiempo que registra el antagonismo que se fragua entre el sistema de gobierno comunal indígena y el sistema colonial de dominio y explotación  que hoy día se prolonga  en la  estructura estatal liberal guatemalteca. 

En el presente texto me propongo exponer una sucinta argumentación del  despliegue de los sistemas de gobierno comunal en Totonicapán y con ello iniciar una discusión sobre la pertinencia de entender la política desde lo común.  Mi punto de partida es que lo común es una relación social (2) y que para el caso de Totonicapán—pero también a otras sociedades indígenas—las 48 comunidades funcionan como tramas de relaciones sociales entre hombres y mujeres que históricamente se han  organizado  para la reproducción de la vida, es decir organizar un gobierno. Siendo este el punto de partida, nociones como el  k’ax  k’ol o trabajo comunal podrá ser interpretada como lo que realmente significa: la organización del trabajo de mujeres y hombres para garantizar las condiciones materiales para la vida en colectivo y que además funciona como un mecanismo de inclusión a la vida comunitaria.

Preciso hacer dos distinciones, la primera es manifestar mi separación a los argumentos que se centran en la concepción de que las sociedades indígenas se organizan por usos y costumbres construidas desde una identidad. Esas interpretaciones que codifican lo indígena como una categoría  de identificación cerrada y sustancial dan cuenta de argumentos que se concentran en decir lo que es y lo que no es indígena a partir de  una categoría que se pretende universal. Este tipo de argumentos encubren la producción histórica  de luchas de mujeres y hombres indígenas que han organizaron la vida en comunidad  en condiciones  de luchas contra la dominación, más  bien  lo que hay en la memoria  colectiva de los pueblos y en particular en Totonicapán  son una serie de   relatos que dan cuenta de raigambres de luchas indígenas que datan desde los tiempos de la colonia y que permanentemente se están actualizando. Cada sociedad ordena  su tiempo, ocupa un territorio y hace uso  de sus historias para actualizar sus  luchas en el despliegue actual, lo cual dista de una pura costumbre.  Al respecto tomo las reflexiones de García Canal quien analiza sobre el orden del tiempo  "(…) orden de tiempo es la forma en la que cada sociedad  desde su propio  presente enlaza los tiempos –el pasado, el presente y el futuro—y provoca relaciones disimiles entre los campos de experiencias y los horizontes  de expectativas” (3). 

Mi segunda distinción, es con aquella otra postura que argumenta  que el dinamismo  comunitario en las sociedades indígenas -y en Totonicapán-  deviene del rol central de  las elites indígenas que conducen  a las comunidades,    al contrario yo  pienso que los sistemas de gobierno  han  funcionado a pesar de las  élites indígenas,  sin que esta afirmación me permita negar que  en los sistemas de gobierno  participen  una pluralidad de hombres y mujeres que son más o menos visibles  por sus relaciones con  instancias estatales y/o académicas.  Dado que los sistemas de gobierno  comunal organizan la vida cotidiana, entonces las mujeres y hombres   participan en el   servicio comunal y tiene que hacer sus jornadas de trabajo  comunal. En suma,  han de participar  en la vida comunitaria  de la misma manera que todos los demás.

Asamblea 194 después de la Rebelión de Atanasio Tzul. 
Tomando de la página web de  los 48 cantones de Totonicapán. Noviembre de 2013. 

 2. ¿Cómo funcionan los sistemas de gobierno en Totonicapán?

Los sistemas de gobierno  comunal históricamente han organizado  y autorregulado  la vida cotidiana sobre territorios que permanentemente se salvaguardan. Así, mujeres y hombres, históricamente  organizados en familias que han formado linajes de larga data  producen  una relación comunal  del uso de  la tierra,   han  ideado, creado y decidido  desplegar de manera colectiva una serie de prácticas y disputas por y para  la defensa de los medios  concretos que garantizan la reproducción de la vida, es decir, el territorio, el agua, el bosque. A esto me refiero  cuando  nombró sistemas de gobierno comunal indígena. 

Si  tomamos  a los  sistemas de gobierno comunal como una clave  de interpretación, entonces  podremos entender   la potencialidad  de las luchas, sublevaciones y formas  estratégicas de negociación que se han desarrollado a lo largo de los años. Formas de negociación algunas veces son contradictorias y ambivalentes, pero dan cuenta de complejos sistemas políticos que han producido formas de autorregulación de la vida cotidiana.

Sistema de gobierno comunal  también  puede ser entendido desde el ámbito de la reproducción, y a ésta la entiendo como “Los múltiples espacios donde se producen y reproducen los alimentos, donde se cuida, se capta y se usa el agua, donde se genera y se gestiona la vida cotidiana, se crían a las nuevas generaciones y se dota de sentido a la existencia” (4). Puntualizo: gran parte de ese trabajo colectivo es realizado por mujeres, de tal manera que  es el trabajo de las mujeres una fuerza nuclear en el despliegue de los sistemas de gobierno.

Como ya dije, en este texto me concentro en la singularidad de Totonicapán y sus luchas concretas   en materia  de la organización de la vida y la defensa de la tierra comunal, no solo por mi experiencia concreta de vida  gestada ahí, sino también porque  permite analizar y develar los mecanismos del cercamiento de tierras y las embestidas que permanentemente dirige a las formas de gobierno comunal el sistema liberal. La singularidad también permite comprender un proceso en sus  interrelaciones, en este sentido, Totonicapán  también ha de ser interpretado a partir de los encadenamientos políticos y económicos que se construyeron con los demás pueblos que habitan los territorios  del Iximulew.

Un ejemplo que puede ayudar a esclarecer lo que digo  son las protestas contra  el trabajo forzado y la ley de vagancia que sucedían en los mismos años en Nebaj y en Totonicapán. En Nebaj los principales  dirigen un memorial  al Presidente de la República  quejándose de los contratistas y el trabajo forzado, acto que   dio inicio  a un levantamiento que en 1936 fue reprimido por No reconocer a la autoridad Estatal (5). Por esas mismas fechas la alcaldía indígena de Totonicapán   enviaba  una carta donde exigían que  se retirara la ley contra la vagancia y de los trabajos forzados, aquí me resulta imposible  pensar que nunca se escucharon de las sublevaciones entre  los pueblos y tampoco es disparatado decir que se organizaron conjuntamente los levantamientos y las protestas. 

Para abonar a lo anterior, quiero referirme a la tradición comerciante de Totonicapán, que en su mayoría  fue  realizada por hombres que recorrían una infinidad de pueblos, en Guatemala, Salvador, Honduras y México, ese contacto seguramente extendió las ideas políticas indígenas sobre las luchas y la necesidad  de romper el orden de dominación de esos años. Totonicapán se sublevó para desconocer la ley de jornaleros (6). 

¿A qué aluden los sistemas de gobierno comunal? A la Soberanía. A mi entender  en  los sistemas de gobierno comunal se juega la construcción de soberanía, es decir la prerrogativa de la decisión política. Es preciso abandonar la clave estatal nacional para  analizar la  perspectiva de la soberanía. Tomo las ideas de López  Bárcenas que  propone  una inversión del sentido en el que tradicionalmente  han sido planteadas las cuestiones políticas. “Los titulares de la soberanía no sería algún tipo de  Estado Nación sino los pueblos indígenas en ejercicio de  autonomía” (7). De tal forma  que el término de soberanía   que  utilizo en este texto  no abreva de la clave estatal-nacional  sino de la capacidad de  decidir y de organizar colectivamente la vida en un determinado territorio. Es una soberanía que está permanentemente agredida por las fuerzas estatales, no es un proceso cerrado y completo. 

Este proceso de producción de soberanía hay que introducirla en una dinámica histórica del hacer comunal-asambleario que produce una decisión, esto da cuenta  de que los sistemas de gobierno comunal no están dados, sino que permanentemente se están actualizando y produciendo.  

Mi interpretación sugiere que en el despliegue de los sistemas de gobierno comunal se produce una política en común que gestiona y regula la vida colectiva, por lo tanto establece un orden de mando que permanentemente disputa al Estado guatemalteco la prerrogativa por decidir y organizar la vida. Es una pelea  por decidir las formas del uso de los medios de vida: la tierra, al agua, el bosque, los caminos.

¿Cómo  y de qué manera se disputa este orden de mando?  Dado que los sistemas de gobierno comunal se constituyen en tramas de política no estadocéntrica y que van modificando drásticamente las más fundamentales relaciones de mando obediencia que segmentan, jerarquizan y estructuran a las sociedades (8). Desde el momento en el que se centra la atención en la reproducción y en los medios para garantizarlos y eso  ya significa otro lugar diferente al estatal.  Sin que esto significa  de ninguna manera que este libre de toda tensión interna, al contrario, el proceso de producción de decisiones y de organización genera una serie de tensiones.

Ahora bien, si se mira con esta clave las confrontaciones entre los sistemas de gobierno indígena y el Estado nación guatemalteco pues es posible distinguir con mayor claridad la capacidad que han tenido los sistemas de gobierno comunal en Totonicapán  al  fracturar los esquemas de la política nacional guatemalteca, de poner límites al Estado para que no decida sobre la vida política comunitaria.

Propongo  esta clave para interpretar que  la violencia que se ejerce sobre los pueblos   indígenas es por una disputa de soberanía en el territorio.  Traigo a colación el levantamiento indígena  que el 4 de  octubre de 2012 se desplegó en Totonicapán. Este fue un levantamiento que planteó límites al Estado.  Ese día  la carretera interamericana  fue ocupada como medida de presión para limitar jurídicamente  al Estado  y a las  empresas  multinacionales  que  fue objeto de represión y de  una masacre. En este multitudinario levantamiento en el que participaban mujeres, hombres, niños, niñas, jóvenes y ancianos k’iche’s de los cantones y comunidades de Totonicapán ocuparon varios puntos  de la carretera, pero eran nucleares por su importancia: Cuatro Caminos, Alaska, Xencachavox y la Morería con las siguientes. Los límites que se querían poner eran:

a) Rechazar el proyecto de  reforma constitucional que quiere instaurar el gobierno de Otto Pérez Molina y que busca modificar el estatuto de los pueblos indígenas en la Constitución de la República, (art. 1 y 66) que niega y ataca los procesos y trayectorias de autonomía que hemos venido desarrollando históricamente por el autogobierno soberano  en los  territorios  comunales que habitamos. Asimismo esa reforma busca la posibilidad de constitucionalizar la presencia y ejecución de “fuerzas combinadas”  (término de uso común que significa la actuación conjunta de ejército y policía) para  “establecer la paz social”  (art. 244, 246 y 250);

b) Revisar las causas de los altos cobros en las tarifas eléctricas de la Empresa privada que presta el servicio de electricidad, Energías de Guatemala, ENERGUATE; y

c) Apoyar las protestas de los estudiantes del Magisterio contra el incremento en los años de estudio (de 3 a 5) en la carrera magisterial.

Los resultados los conocemos en  números de asesinados y heridos porque el ejército perpetró una masacre donde murieron 6 hombres  y  quedaron  heridos más 30. ¿Qué estaba en juego para que el Estado ordenara disparar? Con los argumentos anteriores se puede decir que  un levantamiento de esta naturaleza disloca la soberanía que el Estado supone detentar sobre lo que considera territorio nacional. El ejercicio político comunal de Totonicapán–y de varios pueblos más-pone en entre dicho tal supuesto.

Foto del día  5 de octubre de  2012.   Acto de homenaje a nuestros compañeros muertos  en la masacre del 4 de octubre.
Tomada de la página del Concejo de Pueblos de Occidente.

NOTAS:

*Agradezco  los comentarios  que recibí de mis colegas de  la Comunidad de Estudios Mayas, Aura Cumes, Edgar Esquit y Emilio del Valle Escalante. Por su puesto,  las carencias son mi responsabilidad.

(1) Se conoce como tierras comunales a las propiedades que son  los territorios  en los que se habitaba   antes de la invasión colonial, son las que  se han  defendido  incesantemente  a lo largo de la historia y   las que se compraron en  el siglo XIX. En   1875  las autoridades comunales  se organizaron para  realizaron procesos de   ampliación de la tierras  comunales por la vía de la compra.  Esto se transmite  en  los  informes, las consignas y los recorridos  de las tierras comunales  que realizan las autoridades  y representantes de las comunidades. 

(2) Mi reflexión  de esta temática se deriva  de las lectura de  los textos de Silvia  Federici   quien interprrta  que comunidad no es una  realidad  cerrada, como un grupo de  personas  unidas por intereses exclusivos, que los  separa de los otros como  las comunidades  basadas en la religión. Comunidad  es un tipo de relación social. Ver Federici, Silvia. La Revolución Feminista Inacabada.  Editorial  Escuela Calpulli.  México 2013. 

(3) García Canal, María Inés.  Entre Memoria  de Mujeres y de género. Revista  Debate Feminista, Año 24  Vol 48.  México, Octubre de 2013. 

(4) Gutiérrez Aguilar, Raquel,   prólogo  del libro  La Revolución Feminista Inacabada. Ibíd.

(5) Equipo de Memoria Histórica:  Cuatro Rumbos  y una historia de resistencia: Resistencia  del Pueblo Ixil.  Consejo de Autoridades Ancestrales Mayas del a Región Ixil.  Fundamaya,  Boletín Informativo de 5 de junio de 2013. Guatemala.

(6) Es la denominada rebelión de los señores de Chuitamango.   Se dice en los relatos de la memoria  local en Totonicapán  que llegaron    cientos de  comuneros al centro del pueblo para informar que  no realizarían  trabajos forzados.

(7) López Bárcenas, Francisco. Autonomías Indígenas en América Latina.  Textos Rebeldes,  primera edición. La Paz Bolivia 2007.

(8) Raquel   Gutiérrez reflexiona  de manera más amplia lo que se refiere a la   Politica no  Estadocentrica.   Ver  Más allá  de la “capacidad de veto” El difícil  camino de la producción  y reproducción de lo común.  Reflexiones desde América Latina.